Toda una avalancha de sucesos. Desde fugaces paseos por los centros asistenciales rematando así la lista de sucesos con, probablemente la peor vergüenza que he pasado en mucho tiempo.Transcurría la primera semana de enero, cuando, de entre las encomiendas que se me hacen a diario, apareció la de distribuir cinco mil ejemplares de nuestra amada revista institucional a todo Chile.
La cosa en sí parecía bastante simple. Casi divertida!, hasta que caí en cuenta que este asunto iba más allá de dar órdenes como un vil capitán de barco.
Mateamente, y anteponiéndome a cualquier eventualidad, decidí dejar todo dispuesto para el gran día. Las 38 guías de despacho estaban lista, solo faltaba la llegaba del camioncito que traería consigo las cajitas repletas de la tan ansiada publicación.
Hasta que llegó el día “D”. Apenas me avisaron que había arrivado la camioneta de la imprenta, corrí entusiasta a recibirla al subterráneo. Cual no será mi sorpresa cuando veo a un par de tipos vestidos de verde lanzándose las cajas con el producto por el aire. Esto, combinado con las advertencias del jefe de personal, de que ese día, todo el mundo estaba muy ocupado y que nadie iba a poder ayudarme a acarrear las malditas cajas, contribuyeron a sembrar en mí el terror. Tuve la súbita visión de mi jefa gritándome y tildándome de inútil por no haber podido despachar la publicación el día señalado.
Por ende, dadas las circunstancias, decidí sacar a flote mi veta transportista y hacer las cosas por mis propios medios.
Deportivamente me acerqué al lugar donde guardan los carros para llevar cosas por el edificio y me dirigí a empezar con el transporte de cajas.
El primer y segundo viaje acontecieron sin novedad alguna. Los problemas empezaron en el tercero, cuando cegada por un chsipaso de entusiasmo, decidí duplicar el número de cajas cargadas. El problema vino, cuando al tratar de mover el carrito con 16 cajas arriba, se desequilibró y me calló encima. La verdad es que nunca he sido muy macho dependiente, pero reconozco que en estas situaciones me encantaría que apareciera la versión criolla de Superman al rescate. Pero no, lo más parecido al flying washon, eran unas moscas que merodeaban el subterráneo…
Bastante abochornada por la situación, me paré de ipsofacto y me dirigí a pedirle a un señor que había ahí que por favor fuera y me parara el maldito carro del suelo.
Cual no será mi sorpresa, cuando al mirar el suelo, descubro mi coqueta chalita blanca sumergida en un charco de sangre.
Yo no se que fue peor. Si mi expresión o la del pobre hombre que tenía enfrente. Raudamente me dirigí al ascensor y me encerré en un baño a tratar de tapar con papel de secarse las manos la herida. Después de un buen rato de hacer el intento, se calmó el panorama.
La cara de mi pobre jefa cuando me vio llegar con la pata coja llena de sangre era para haberle sacado una foto. En su cara solo se podía leer una expresión : “demanda por accidente laboral”.
Después de tranquilizar a mi jefecita que no era para tanto, pesqué mi auto y me fui a la clínica, donde además de ponerme sedantes hasta en las orejas, me recomendaron reposo absoluto.
Afirmándome de esto, llamé a mi superiora y le pedí autorización para ser liberada de mis obligaciones en el transcurso de la tarde. No solo me concedió las horas restantes del día, sino que además coronó la conversación con la siguiente frase “si quieres mañana tampoco vengas, tómate el tiempo que consideres necesario”.
Obviamente me bajó todo el cargo de conciencia y decidí solo tomarme la tarde. Al día siguiente aparecí de nuevo, como el buen soldado que regresa cual héroe después de haber sido herido de muerte en el campo de batalla. Como ven, todo un alter ego de Arturo Pratt.
Pasó el tiempo y mi pata cicatrizó perfecto, pero al parecer el golpé removió ciertas neuronas de mi cabeza, porque no alcanzaron a pasar dos semanas cuando un nuevo papelón tomó forma.
Resulta que durante mis horas de ocio, dedicadas a navegar por facebook, descubrí el ídem de cierto guapetón compañero de tareas.
Dichosa con el hallazgo, decidí bajar una foto al escritorio de mi pc como prueba de la fechoría acometida, y enviársela a una amiga.
Hasta ahí todo bien. El problema fue que esa misma tarde, recibí la orden de enviar una tarjetita a todos los jefes regionales, invitándolos a la Gala anual de la empresa. El único “pero” sucediose cuando, en vez de adjuntar la invitación, adjunté la foto del susodicho.
No me di cuenta del pequeño error, sino hasta un par de horas después, cuando me llegaban mails del tipo “señorita, parece que adjuntó mal el archivo” y frasecillas de ese corte. Que vergüenza!.
Pero, esta vez, opté por aplicar la sabiduría popular y abanicarme en la diferencia. “Yo no fui y se acabó el asunto. Nadie pregunte nada más”. Bueno, es que la verdad, después de tamaño “condorazo” no tenía otra opción. Jajajajajaja, son solo cosas que pasan no!