Un fin de semana largo que no tenía mayor más brillo que el cumpleaños de un alma amiga y la tan esperada partida a la ciudad del glamour y los rascacielos, se tornó en algo digno de, luego de más de un año, tratar de volver a soltar la mano para escribir en mi pedacito del gran ciber espacio.
Aquella semana previa había sido de los mil infiernos. En el top one del best place to work, las cosas habían estado particularmente ineficientes . Y para que mencionar el hecho de que tuve que tachar de mi agenda una anhelada boda en la que esperaba lucir mis dotes para imitar a Jennifer Beals en Flash Dance, ya que para variar, falló mi plan maestro
Y, como guinda de la torta , me enteré que mi clorado ex príncipe azul había afinado compromiso definitivo. En fin, un desastre tras otro.
Así estaban las cosas, cuando el día sábado, a la salida de los oficios de rigor, el buen Dios me iluminó y le mandé un mensaje al que , si yo fuera poeta, dedicaría cada uno de mis versos .
La verdad es que si bien en otras ocasiones mis dedos hubieran tiritado al escribir el mensaje, esta vez puse el raciocinio en off .Tipeé lo primero que se me vino a la mente y apreté enviar.Quizás un milagro ocurría ,el chico aceptaba y aportaba unos rayos de sol a las nubes negras que tronaban sobre mi cabeza.
Cual no será mi sorpresa cuando dentro de un rato teníamos todo gestionado. No solo asistiría a la fiesta, sino que además me pasaría a buscar. Bingo! Es mi día de suerte, me dije.
Me arreglé lo mejor que pude. Con un conjunto inspirado en celestes color sirena, un poco de gloss y la mejor de mis sonrisas (luego de lanzar un nervioso grito por el citófono) salí por la puerta.
Al verlo varonilmente parado al lado de su vehículo, después de sufrir la primera baja de azúcar de la velada y con el mayor garbo que me fue posible , me subí al auto . Durante el trayecto al evento, pese a mi nerviosismo, traté de mantener una coversación inteligente y lo menos tartamudeada posible.
Que noche tan maravillosa. Mientras lo miraba conversar con los otros varones, me acordaba del día que lo vi por primera vez.
Año 2011. De anteojos polarizados en tonos azules puestos encima de la cabeza, polera negra con rallas moradas y polar gris con detalles en calipso, hizo su entrada este personaje en mi vida.Toda esa furia colorinche, sumada a su simpática carita de roedor , contribuyeron a que el recuerdo quedara grabado como una fotografía HD en mi cabeza.
Si bien tiene una mezcla de encantos bastante única dentro de mi espectro, bastaron su sentido del humor y su modo de expresarse para dejarme, tal como dicen en el béisbol, fuera de campo.
Salgo de mis recuerdos. Ahí sigue sentado conversando alegremente. Mi amiga , sentada al lado, no para de darme codazos para que en vez de mirar con cara de conejito sonriente a punto de caerme de la sillita barroca , haga gala de mi simpatía e interactúe.
Luego de comportarme como una geisha de la cual oriente estaría orgullosa, llega la hora de retirarse.Una caminata por la plaza camino al estacionamiento comentando la arquitectura de la zona corona la velada.
El camino de vuelta transcurrió sin más que alguna conversación trivial sobre experiencias familiares. Confieso, que desde que cerré la puerta de mi casa hasta que caí en los brazos de morfeo, no pude borrar la sonrisa de mi cara.
Fue con esa misma carita bobalicona que abordé el avión que me llevaría a mi cuidad favorita: New York. Mientras bebía mi primera cokita light y me comía de manera sistemática el surtido salado, ya podía escuchar a Frank Sinatra cantando " I want to be a part of it, New York, New York.." y el ruido de las hojas arrevolando por Central Park. Que buen remedio para un espíritu agobiado como el mio.
Después de un largo vuelo y una llegada sin mayores inconvenientes más que la típica burocracia norteamericana, arribamos al hotel.
No se porque ese día mi papá tuvo un acceso de practicismo y decidió que almorzaríamos frente a nuestro hotel, en un sucucho que ostentaba ser italiano. Era tal mi estado de cansancio y de decepción frente a la cena inagural, que no recuerdo más que las bebidas eran chicas y que me comí todo el cestito escocés con el pan.
Aquel mismo día las tiendas del sector recibieron su primer ataque , por lo que el bolsito auxiliar poco a poco empezó a llenarse.
Pero no solo de compra compulsiva se compuso este viaje. Opereta y baile estuvieron también presentes.
Carmen. Epítome de la obsesión y los celos. Una oportunidad para hacer catarsis de mis períodos obscuros, colgarme algunas perlas, beber espumante y mirar con hastío .
Evita. Una lección de historia y baile, Ricky Martin incluída. Digo lección, porque mi queridísimo padre no pudo omitir el dar tips históricos mientras yo, a punto del ataque cardíaco, miraba turnia al ídolo latino tratando de no atorarme con mis M&M de maní.
Con las maletas llenas de alguna que otra cosita de la colección otoño neoyorkina y los pulmones llenos de aire fresco, llegó la hora de emprender el regreso.
Al tocar la pista de aterrizaje , sentí una leve jaqueca . Al pensar en el despelote que debía haber en esa oficina fruto de mi ausencia, me daban ganas de beberme una botella de litro de licor. No es que me crea indispensable, pero si les digo que encontré mi impresora encima del refrigerador ,creo que les queda más que claro de que estamos hablando.
Junto con mi llegada a la patria ,aparecieron en el calendario algunos días de disfrute. Ocasión perfecta para huir a la costa en busca de deportes y algo de sol. Fue en ese contexto que apenas pude, me marché a mi lugar de descanso: Las Brisas.
Clásicos del romance, puestas de sol y deportes a la orilla del mar , hicieron de mi estadía en el litorial una instancia de relajo.
El evento que coronó el fin de semana fue una cena en casa de un matrimonio amigo. Estaba yo en el mercadito local, cuando mis ojos localizaron un vehículo que claramente transportaba algo de mi interés. Nuevamente una nueva "conspiración astral", sumado a una pequeña pisca de mi "capacidad de gestión" , hicieron que la sonrisa se volviera a dibujar en mi rostro.
Como bien dijo una de mis buenas amigas: nadie tiene la bola de cristal. De lo que si puedo estar orgullosa, es que después de un año de de rondar como gato al ratón , palomas mensajeras, psicotrópicos sublinguales y de ironías a cinco metros de distancia, por fin puedo decir (o eso creo) que le pude sacar las rueditas a la bicicleta. Por eso digo, tal cual lo hizo mi chico mientras impertinentemente yo le quitaba el vaso para lavarlo: salud!