Todo comenzó la mañana del pasado sábado. Ese día se casaba una de mis grandes amigas y por ende, todo debía salir perfecto.La tenida ya estaba lista y el parejo convidado. Solo faltaba la manito de gato en el salón de belleza aledaño y por supuesto, tratar de pasarlo lo mejor posible.
Eran aproximadamente las seis y media de la tarde, cuando sonó el timbre. Bastante nerviosa por la llegada de mi príncipe consorte de aquella noche, mandé a mi hermano pequeño a abrirle la puerta.
Mientras el pequeño benjamino , con el fin de hacer menos incómoda la espera, le conversaba, yo corría raudamente de un lado para otro del segundo piso, buscando algunos pequeños accesorios que sirvieran de retoque para mi tenida.
Luego de quince minutos, estaba “ready to go”: arreglé mi escote, apliqué mi lip balm burdeo y me miré por última vez al espejo. La función había empezado.
Apenas al llegar a la Iglesia , empezaron los problemas. Mi coqueta y planchada pollera negra, decidió aliarse con la brisa de aquella tarde y empezar a fluctuar de un lado para otro. Como si con eso no tuviera suficiente, mi amiga BabaNoel, no encontró nada mejor que, además de llegar al borde de la hora, hacerlo dándome pisotones en mis ya ajados zapatitos rojos.
La ceremonia transcurrió sin mayores novedades, excepto que al finalizar esta, y mientras ayudábamos a la novia con su vestido, recibimos todo tipo de burlas por parte de los presentes. Además de gritos del novio. Y porque omitirlo, también de nuestros acompañantes.
Una vez en el lugar de los festejos, la cosa se puso más sabrosa. Abundantes apettizers y licores llenaban las coquetas bandejas, que con asombrosa lentitud, paseaban un grupo de mozos de un lado a otro del local. La cena transcurrió sin mayores percances, excepto uno que otro comentario ad hoc y un par de copas de vino. Que, desgraciadamente, ya se estaban subiendo a la cabeza.
Un par de horas más tarde, empezó el bailoteo. Cientos de parejas nerviosas llenaron la pista en un abrir y cerrar de ojos. En una esquina, Bábalos y ovejita bailoteaban al compás de la música, mientras probablemente él le informaba y comentaba todas las últimas novedades de la política criolla y tratados legales internacionales. Por otra parte, y al más puro estilo, Dirty Dancing, beibú y su acompañante daban una lección de baile candente . Como olvidar a justa y a su discreto acompañante, quienes ordenadamente , no parecían notar nada. Mientras toda ésta gente se dirigía de un lado a otro de la pista bailando, yo me dirigía rabiando al rincón en que se había dispuesto la barra….
Todo iba de perilla, hasta tipín tres y media de la madrugada.Cuando, por ciertas circunstancias del destino, empecé a notar los efectos del alcohol ingerido…
Si bien, mi cabeza me daba vueltas como trompo, podía disimularlo bastante bien. Eso si, todo mi disimulo quedó opacado, cuando mi parejo, con cara compujida y ojitos fijos, me anuncia que en su casa se activó la alarma y que por ende, era preciso abandonar la fiesta en ese minuto e ir a chequear que estaba pasando.
Ahí me entró el pánico. “Mierda, voy a tener que caminar hasta el auto en este estado y espero poder hacerlo en línea recta.” Sin mayores problemas, llegué al móvil .Pero, una vez dentro, estos empezaron. Mareo, mucho mareo…
Cuando llegamos a su casa, en la que obviamente no había pasado nada, y mientras el oficiaba de carabinero, aproveché de bajarme y tomar un poco de aire.
Por supuesto, el animado joven, una vez tranquilo que su morada no estaba siendo afilada por la mafia italiana, decidió volver a la fiesta. Nuevamente problemas. ¿ Como este gil no cachaba mi etílico estado y la cortaba de hacerme caminar de un lado a otro?.
Pero, esta vez las cosas fueron distintas. Aprovechando la desinhibición propia de mi estado, opté por apoyarme en su “fornido” bracito. O si no, mi destino no era otro sino el piso.
Cual no será mi sorpresa, cuando al llegar de vuelta al local, me encuentro con babalos y bea en la entrada. Quienes, por supuesto, al contemplar la escena de verme apoyada en el brazo del flaquito, con los ojos brillantes y la cara sin expresión alguna, no pudieron aguantar la risa….
Menos mal que la fiesta ya había acabado y pudimos emprender la retirada. Un minuto más ahí y la vergüenza que pasó no se borra ni con todo el liquid paper del mundo.
El viaje de vuelta en auto transcurrió sin mayores novedades, exceptuando, que cuando estaba ya cerca de mi casa y mientras hurgaba en mi cartera, en busca de mis llaves, encontré una estampita religiosa. Y, por supuesto y dado mi estado, no encontré nada mejor que regalársela a mi acompañante…Además de ebria, estaba adoptado aires pastorales.
Cinco minutos después estaba a salvo tras la puerta. Diez minutos después, estaba poniéndome pijama. Que, desgraciadamente, es lo último que recuerdo.
Hay media hora de mi vida que está borrada. Y espero, que en conjunto con mis ganas de hacer estupideces, estén perdidas en alguna parte del universo.