Wednesday, January 02, 2008

Jingles de fin de año

Todo comenzó el martes, día en que el mundo Católico celebra la Navidad. Por alguna extraña circunstancia del destino, en vez de acabar estos festejos acostada en mi camita durmiendo como una lady, terminé en un asado en casa de cierto simpatico mancebo.
El hecho en sí no tiene nada de malo, excepto que en mi mano, en vez de un bastón navideño de dulce, había un gran vaso de licor. No contenta con eso y olvidando que al día siguiente las renombradas oficinas de Nestlé esperaban por mí, decidí darme a la fuga a una discoteca de dudosa reputación con ciertas amistades.
Lo que planeaba ser una "bailadita" de una hora-máximo dos- se transformó en lo que podría ser el material de una verdadera crónica policial al más puro estilo LUN. De haberse escrito, el título podría haber sido el siguiente: " De perreo y afilón de cartera". Pura ordinariez!.Y no era para menos, ya que en menos de un compás de regeton, y al mirar hacia el lugar donde esta damisela había dejado su cartera, esta ya no estaba. Gone with the lumpen!
Como era de esperar, nos vimos obligados a abandonar el dicho antro de la ordinariez de inmediato, y acudir a la comisaría más cercana. Creo que especial mención merece entonces el comportamiento de cierto varón, que montado en su gris corcel, supo auxiliar a estas damiselas en apuros.
Por supuesto eran las cuatro de la mañana y yo recién estaba poniéndome pijama y preparándome para dormir. Obviamente, al día siguiente con suerte podía deletrear mi nombre y caminar derecho, razón por la cual prometí solemnemente no mandarme más estos numeritos. Ni menos en día laboral.
Transcurrió la semana sin mayores novedades, exceptuando que ya flotaban en el aire los primeros preparativos para las fiestas de fin de año. Una que otra botella de fino licor, papas fritas y buen soundtrack, prometían adornar el último fin de semana del año.
Contrario a todas mis “finas” expectativas, los días transcurrieron en paralelo a la decencia hasta el domingo en la tarde, día en el cual se empezaron a vislumbrar en el horizonte los primeros vestigios de la tan ansiada indecencia. Un poco de vodka y carne cruda dieron a la noche un ambiente que solo lo describe una palabra: vikingo.
La barbarie -que incluyó garabatos, sangre en la parrilla y abundante borrashera- no concluyó sino hasta altas horas de la madrugada. Cuando los concurrentes, extasiados ante el alto consumo de alcohol, decidieron abandonar el recinto.
El escenario para los próximos hechos fue una pituca fiesta de cierta reconocida discotec litoraleña. Creo que el hecho de mencionar que la entrada incluía vaso para “refill” de bebidas y alcoholes, habla por si solo si se quiere explicar la tónica del evento.
El ya mencionado panorama no habría sido lo mismo sin la súbita y espasmódica llegada-post remecimiento y sonoros frenazos- de la barcaza vikinga en contra de la pared de concreto del local. Nada como un poco de humor alemán para coronar los eventos de fin de año….
¿Notable verdad?